La Font de la Figuera Almansa 28 kms.
Que nunca se acabe el camino. Las monjas me amenazan con llamar a la policía.
Salgo con el chubasquero puesto y la mochila cubierta. De
ninguna manera el pantalón de agua porque te mojas por fuera y por dentro, ya
lo dije.
En las afueras me despide un gallo con un kikiriki de los
que ya no se oyen. Luego, en un soto, cantan los pájaros con fuerza; hasta las
once por lo menos no lloverá. El camino es muy bueno, una alfombra, blando pero
no pegajoso como ayer. Las margaritas y las amapolas dominan el color. Hay
mucha lechetrezna y construyo al paso un poema que olvidaré y tendré que volver
a imaginar cuando tenga un bolígrafo en la mano.

Al fondo, de lado a lado de una pradera inmensa, cruza un tren
de esos de trescientos por hora. Y no me parece que vaya tan deprisa. Aunque
cuando yo cruce sus vías ya estará en Valencia.
Ayer tuve un destello en el pensamiento de no querer que
nunca se acabara el camino y hoy regresa con fuerza, tanto que me obliga a
recordar que el camino no es el hogar. Para el caminante tampoco lo es la
ciudad.
Cuando termino el camino del Mojón Blanco comienzan los
pasos sobre las vías y bajo las autopistas, o al revés, que exigen atención y
tensan un poco la marcha. A la salida de un túnel y antes de llegar a otro
aparecen casas de labor amuralladas, la torre pequeña y la grande, vestigios de
las tensiones fronterizas entre los Austrias y los Borbones en los siglos XVII
y XVIII. Me impresionan porque están al uso como casas de labor. Ya cerca de
Almansa entro en un polígono industrial destartalado y en caminos sucios de
escombreras y vertederos. A Almansa se entra por el arcén de una carretera que
me recuerda la entrada a Xativa.
Voy saludando a quienes me encuentro deseando una respuesta de
“buen camino” que reconozca mi condición, no tan frecuente, de andarín. Solo
encuentro miradas huidizas, excepto la sonrisa de una prostituta que me dice
adiós con la mano (supongo que decía adiós). Ya en las calles de la ciudad es
diferente, una pareja se desvive por orientarme y una mujer que pasea con un
hombre susurra el deseado “buen camino”.
Me dirijo al albergue que regentan las monjas que por
teléfono me aseguraron alojamiento. Pero cuando llego dicen que llamar llama
mucha gente, pero que no tienen sitio, que hay dos parejas de franceses que han
llegado antes. Para solucionar mi desamparo me hace de cicerone por el centro
de la ciudad un chico de las monjas, bueno para todo. Me lleva a albergues que,
luego me entero, ya hace tiempo que están cerrados. Sin ir a ninguna parte me
lleva de un lado a otro sin tener en cuenta mis treinta kilómetros caminando. Va
dejando caer doctrina corrosiva sobre los peregrinos: No se portan bien, beben,
fiestas, tenemos que llamar a la policía. Volvemos a pasar por el convento y
los “peregrinos” que han llegado antes están bajando maletas de un coche.
—¿Estos son los peregrinos a los que alojan? Digo a la
monja.
—Han llegado antes, han llegado antes. Dice una monja
pequeñita y soberbia.
—Pero los peregrinos caminan y estos van en coche.
—Han llegado antes, han llegado antes y no tenemos
obligación de dar explicaciones. Llamaré a la policía si usted no se va. Parece
que tienen muy claro lo de la policía.
Me voy y el chico quiere ir conmigo pero le digo que se
quede, qué ya me arreglo. Me dirijo a la Policía Local. Está lejísimos y
vuelven sobre la misma doctrina sobre los peregrinos.
—Antes tuvimos albergues pero daba mucha lata porque la
gente no se portaba bien. Los peregrinos ya no son lo que eran, vienen muchos
gamberros. Sobre todo los franceses (otra vez los franceses).
Y en vez de
organizarlo bien lo quitaron, quisiera decirle, pero veo un deje de amenaza
y creo que no van a entenderme. Me despachan con un mapa con la dirección de
dos hostales que ya conocía. En los hostales no hay sitio, pero en uno me hacen
una buena gestión y me mandan al hotel Los Rosales por un precio que el
hostalero gestiona como si fuera para él mismo, veintinueve euros, y que yo
acepto inmediatamente. Está lejísimos. Creo que habré caminado por Almansa más
de cinco kilómetros y llego agotado. En Los Rosales me tratan bien, con el
reconocimiento del derecho al descanso de quien viaja andando. En realidad solo
necesito una palmadita en la espalda.
En la habitación anoto dos frases que me parecen
contradictorias y no sé que quieren decir:
-
En el camino no se aprende nada que no se sepa.
Se practica.
-
Caminar no es un deporte porque lo que se aprende
es de la vida.
Consigo dos haikus más:
LECHETREZNA
La sangre blanca
que das gota a gota
sana la piel.
MARGARITAS
Si cantarais con
voz trémula seríais
Nina Simone.
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